sábado, 4 de octubre de 2008

¿El fin de la medicina humanista?

Días atrás, por razones profesionales, tuve la oportunidad de departir un rato con el eminente urólogo extremeño Remigio Vela Navarrete. Natural de Salvaléon, aunque criado en Zafra, este insigne médico tiene la primera patente internacional de un modelo de riñón artificial implantable.

En la entretenida charla que mantuvimos en su despacho de la madrileña Fundación Jiménez Díaz, dejó caer con amargura su reproche hacia un sistema sanitario que está suponiendo el fin de la medicina humanista, para convertirse en un sistema de gestión en el que lo que importan son los números y no las personas. Esto, en su opinión, está llevando a la privatización de la gestión de los centros hospitalarios y los médicos pierden más tiempo introduciendo datos estadísticos en un ordenador, que no viendo, tocando, palpando a los pacientes. Y por estos lares –me decía- nos gusta que nos toquen, nos gusta la cercanía de la relación, las distancias cortas con el médico. Un sistema sanitario no puede ser indiferente a la sociología de la población a la que tiene que atender. Aquí no podemos importar, tal cual, el sistema de otros países más acostumbrados a la frialdad en ese trato, como los nórdicos. Como colofón, Remigio Vela decía que no hay dinero para hacer frente a los requisitos de la sanidad.

Comparto buena parte de sus comentarios, sobre todo en cuanto al trato y la relación con los clientes. En cuanto a la carencia de fondos, yo tengo muy claro que pago mis impuestos para cosas como éstas, para que haya una buena provisión presupuestaria para dotar a los servicios públicos de las prestaciones y la calidad que necesitamos y a la que todos los ciudadanos tenemos derecho, con independencia de nuestro nivel de ingresos. Y puestos a buscar ese dinero, me imagino la cantidad de buenos médicos y maestros, por referirme sólo a dos sectores básicos como sanidad y educación, que se podrían formar y contratar con las multimillonarias indemnizaciones que se llevan muchos ejecutivos de esas grandes empresas financieras e inmobiliarias que, cuando las cosas se ponen feas, se olvidan de su liberalismo económico para irse a refugiar en los brazos del malvado papá Estado.

Creo que si privatizásemos menos los beneficios y socializásemos menos las pérdidas podríamos dar mejor respuesta a las preocupaciones que me exponía Remigio Vela.