domingo, 14 de junio de 2009

Los intranquilizantes Mundos de Coraline


En más de una ocasión he expresado mi convencimiento de que muchas de las mejores cosas que se están haciendo en el cine actual son las películas de animación.
Esta convicción se ha visto reforzada tras la visión de Los Mundos de Coraline, que nos acaba de llegar de la mano de Henry Selick, el director de Pesadilla antes de Navidad (producida por Tim Burton) y de la adaptación de James y el melocotón gigante, uno de los libros de Roal Dahl.
Lo que está claro es que Los Mundos de Coraline, adaptación de una obra previa de Neil Gaiman, guionista de la historieta Sandman; no es una película para niños. Incluso añadiría que tampoco es una película para muchos adultos.
La sensación que uno tiene mientras la está viendo es de desasosiego, haciendo que uno se mueva incómodo en la butaca del cine. No sólo por lo que se ve, sino por lo mucho que se intuye. Selick se recrea jugando a su manera con el espectador, haciéndole transitar en un complejo escenario de mundos paralelos, en la que casi nada es lo que parece, pero muchas cosas son tan reales como la vida misma.
Con evidentes ecos de sus obras previas, Los Mundos de Coraline tiene múltiples resonancias de películas clásicas como Alicia en el País de las Maravillas, de los ambientes surrealistas de Jean Cocteau, incluso de algunos momentos del cine burlesco y decadentemente excesivo de Fellini.
Todo esto presentado en un precioso envoltorio estético tridimensional, que no se puede apreciar en las salas de cine de Badajoz, bien porque no tienen la máquina de proyección correspondiente, bien porque no te entregan las gafas con las que supuestamente deben visionarse.
Aún así, el disfrute es máximo, obligándote a reflexionar, a tomar partido por la niña adolescente, a la que sus padres no prestan atención, absortos como están en su trabajo para conseguir sacar adelante la familia. Que te obliga a replantearte de nuevo la relación cuando esa necesaria y deseable rebeldía se aboca al abismo del no retorno, de la pérdida de la identidad, de la renuncia a la personalidad representada por la fatídica decisión de renunciar a los ojos y aceptar botones en su puesto.
En definitiva, una magnífica obra, sin concesiones a la galería, bien narrada, apoyada eficazmente en una banda sonora que es un personaje más de la historia.
El cine de animación vive un gran momento, de lo que nos alegramos aquellos que nunca hemos necesitado la excusa de los niños (hijos, sobrinos, etc.) para ir a ver dibujos animados, cosa que al parecer si han necesitado muchos (especialmente críticos cinematográficos) que ahora lo están descubriendo y reivindicando.

1 comentario:

Stereo 2 dijo...

Bon article per a reflexionar que, de vegades, hi ha més consistència i "chicha" (guió) en pel·lícules d'animació que amb personatges de carn i os!
Felicitats Xavi!!

Ramon