lunes, 7 de enero de 2008

2008, ¿vuelta a la normalidad?

Tras finalizar el período festivo de las Navidades, mal llamado así, porque en realidad debería conocerse como el período festivo del Consumo Desaforado, afrontamos el recién estrenado 2008 con el agridulce sabor de la vuelta a la normalidad.
Ahora bien, con el paso de los años, a medida que uno va sumando dígitos en su casillero, parece que entra más en crisis ese concepto de normalidad. ¿Qué es la normalidad?. Para cada uno de nosotros probablemente sea una cosa distinta y además cada uno percibirá esa normalidad de forma diferente. Pero a mí hay aspectos de la pretendida normalidad personal, social y política que cada vez me disgustan más.
Por si las moscas, buscando energías en lo distinto que me permitan mirar 2008 con mejor cara, he iniciado el año de forma totalmente distinta a cómo lo había hecho hasta la fecha. Ni campanadas por televisión, ni insufribles programas televisivos (aunque parezca imposible, cada año son peores que el anterior), ni concierto de Año Nuevo desde Viena (no porque no me guste, sino porque no fuimos capaces de sintonizar ninguna emisora que lo transmitiera), ni resaca derivada de una noche de excesos espirituosos.
Nuestra noche de fin de año transcurrió en un divertido ambiente hogareño en el pueblo más pequeño de Cataluña, Sant Jaume de Frontanyà, en la comarca del Berguedà. Apenas 31 habitantes censados, de los que sólo unos 8 viven habitualmente en la localidad. Cena y alojamiento con Lourdes (mi mujer), Silvia (mi hija), mi amigo Rafa y su mujer Adriana en la Fonda Cal Marxandó, cuyos orígenes se remontan a finales del XIX. Y a las doce menos cuarto todos, junto con los dueños y comensales de la fonda y del otro restaurante que hay en la localidad, y algunos vecinos, a la plaza del pueblo a despedir el año, tomando las uvas, bebiendo cava y comiendo coca (dulce de panadería que lleva chicharrones, piñones, fruta escarchada, azúcar, etc., según los gustos).
Las campanadas corrieron a cargo de Ramón, el alcalde del pueblo y dueño de la fonda, que junto a un muchacho de la localidad subieron al campanario de la magnífica iglesia románica de Sant Jaume para hacerlas sonar al ritmo que el público demandaba desde la plaza, con el fin de que no se produjesen innecesarios e indeseados atragantamientos.

Ahora sólo falta que las buenas vibraciones obtenidas tengan efecto durante el año.

1 comentario:

Guillermo Varela dijo...

sin duda una experiencia única. empiezas el año rompiendo el ritmo de las campanadas, marcando tu propio ritmo. seguro que un buen inicio para el '08.
me apunto el lugar, suena interesante.