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domingo, 4 de mayo de 2025

Cómics que ayudan a entender mejor los conflictos de Oriente Próximo

Para quienes ya rebasamos la sesentena, Oriente Próximo (en muchos casos denominado también Oriente Medio por influencia del inglés y del francés) forma parte de nuestra memoria colectiva. Guerra de los Seis Días, Septiembre Negro, Múnich 1972, guerra del Yom Kipur, guerras del Líbano, masacre de Sabrá y Chatila, asesinatos de Anwar El-Sadat e Isaac Rabin, intifadas o Primavera Árabe, son nombres de acontecimientos que nos han acompañado a lo largo de nuestras vidas. 
Ahora, la zona vuelve a estar en primera línea de la actualidad. Primero fueron los atentados terroristas de Hamás en octubre de 2023. Después, la desproporcionada respuesta israelí, que podemos tildar de autodefensa genocida, sobre la población civil palestina en Gaza y también en Cisjordania. 
En los últimos años el cómic se ha mostrado como una herramienta eficaz para tratar temas complejos en profundidad. En el caso de los conflictos de Oriente Próximo, diversas obras nos ayudan a entender mejor tanto su origen, como la realidad de las sociedades en las que se producen. 
Por eso, a continuación, paso a recomendar algunos de los que considero más interesantes y que mejor sirven a este propósito de comprensión de lo que ocurre. 


Café Budapest (Astiberri). Alfonso Zapico (Blimea – Asturias, 1981) centra la historia en el entorno de un café de Palestina que da nombre a su libro. Un lugar aún bajo tutela de Gran Bretaña, en el que árabes, judíos y occidentales discuten de política, de economía, de arte, juegan a las cartas, beben… En definitiva, conviven. 
Sin embargo, ese mundo de aparente armonía desaparece cuando el 14 de mayo de 1948 la Asamblea General de las Naciones Unidas confirma la creación del Estado de Israel. 
A partir de ahí, Zapico nos va mostrando el permanente deterioro de la situación, cómo los antiguos amigos se convierten en enemigos, sin más razón que los eslóganes maliciosos. También cómo la indiferencia de la fuerza tutelante británica da alas a la injusticia, los desmanes y el triunfo del terrorismo. 
Y como suele ocurrir, en medio de esta hecatombe, lo primero en flaquear es la comprensión hacia quienes no cumplen con las expectativas de los suyos. Como la del joven protagonista judío que no quiere seguir las directrices violentas de los sionistas. 
Palestina (Planeta Cómic). Publicado por primera vez en 1996, es el primer gran trabajo de historieta periodística creado por el maltés-estadounidense Joe Sacco (Kirkop - Malta, 1960), una de las máximas figuras de esta nueva forma de hacer periodismo.  Sacco, para ofrecer el contexto humano sobre la población palestina, que pensaba faltaba en las informaciones sobre el conflicto árabe-israelí, viajó a Palestina durante dos meses, entre finales de 1991 y principios de 1992.
Allí se sumergió en la realidad que estaba viviendo la población de Gaza y de Cisjordania: charló con manifestantes, entrevistó a personas encarceladas, deambuló por los mercados, compartió mesa con agricultores, vio las dificultades para tener una educación normalizada, estuvo visitando enfermos y heridos en los hospitales… 
Todas esas experiencias las plasma a través de un dibujo minucioso y unos textos densos -no hay que olvidar que se trata de un reportaje periodístico en forma de cómic-. 
Como el propio autor explicaba, lo que le interesaba era mostrar a los palestinos como personas: enojadas, tristes, capaces de vivir sus vidas en medio de todo, con todos esos atributos en los que pensamos cuando pensamos en la humanidad.   Parece evidente que hoy en día, mayo de 2025, todo lo que Sacco describía en su obra ha quedado rebasado, con creces, para peor. Planeta Cómic acaba de reeditarla con nuevo diseño de portada, extras y páginas a color.
 
El árabe del futuro (Salamandra Graphic). El dibujante Riad Sattouf (París, 1978), hijo de madre francesa y padre sirio, inició en 2014 la publicación de esta monumental obra en seis tomos, cuyo subtítulo es Una juventud en Oriente Medio. A lo largo de la misma hace un relato autobiográfico, entre 1978 y 2011, desde su infancia hasta su juventud, viviendo en Francia, la Libia del dictador Gadaffi y la Siria dirigida por la familia El Asad. 
La amplitud temporal de la obra y la extensión de la narración, le permite ofrecer múltiples detalles de la vida cotidiana en estos países, desconocidos para la inmensa mayoría. 
Toma como protagonista a su padre, un profesor universitario obsesionado por el panarabismo, que renunció a una plaza en Oxford por enseñar en Trípoli. Por medio de él, Sattouf muestra también las enormes contradicciones y diferencias existentes, tanto en Siria y Libia, como en Francia. Contradicciones que, en el ámbito familiar, se manifiestan en la fe en la modernidad que tenía su padre, en el deseo de que el mundo árabe saliese de su subdesarrollo y eligiera su destino. Pero, al mismo tiempo, en el hecho de estar contra la democracia, creer en la pena de muerte y apoyar los gobiernos dictatoriales. 
Premio al Mejor Álbum en el Salón del Cómic de Angoulême 2015, ha sido un auténtico fenómeno editorial en todo el mundo, con más de tres millones y medios de ejemplares vendidos, habiendo sido traducido a 23 lenguas. 
Intisar en el exilio (Astiberri). El escritor y guionista Pedro Riera (Barcelona, 1965) vivió en Yemen durante un año, entre 2009 y 2010. También estuvo en 2011, durante las revueltas de la Primavera Árabe. Y en 2016 visitó Jordania y sus campos de refugiados. 
Fruto de sus vivencias crea el personaje de Intisar, una yemení en la que amalgama la personalidad y testimonios de decenas de mujeres que conoció durante las estancias antes citadas. Intisar busca ser una mujer libre e independiente, cosa difícil en un país como Yemen, profundamente machista. 
En un primer álbum, El coche de Intisar, en el que contó con los dibujos de Nacho Casanova (Zaragoza, 1972), Intisar encuentra un modo de liberación al volante de un coche. 
Años después, en 2019, recupera al personaje, ahora con dibujos de otro zaragozano, Sagar (1974). En este segundo libro juega con la paradoja de que la guerra civil yemení, y el exilio en Jordania, permite a Intisar tener más libertad y escapar, en parte, al control masculino. 
Con este personaje, Pedro Riera nos aproxima a la vida cotidiana, las esperanzas y la lucha por sus derechos de las mujeres de un país como Yemen, del que sabemos poco más que su actual implicación en el conflicto árabe-israelí. 
 
Otros cómics recomendados Aparte de las obras descritas con más extensión, hay otras tantas de interés que refiero brevemente: Mujer, vida, libertad (Reservoir Books). Volumen colectivo, coordinado por Marjane Satrapi (Rasht – Irán, 1969), con la participación de 16 historietistas de todo el mundo e iraníes. Surge a raíz de la muerte de la joven Masha Amini (Saqquez – Irán, 1999) a manos de la «policía de la moral» iraní, por no llevar bien puesto el velo. Una joven americana perdida en Israel (NORMA Editorial). En 2007 la estadounidense Sarah Glidden (Massachusetts, 1980) aprovechó el programa «derecho de nacimiento», que ofrece a todos los judíos del mundo una visita pagada a Israel. El viaje pondrá a prueba sus ideas preconcebidas sobre el conflicto entre Israel y Palestina. El juego de las golondrinas (Sins Entido). La libanesa Zeina Abirached (Beirut, 1981) nos ofrece el relato claustrofóbico de la vida cotidiana en el Beirut de la década de 1980, bajo los constantes bombardeos de su guerra civil. Kobane Calling (Reservoir Books). Tras dos viajes por Kurdistán (Turquía, Irak y Siria), el historietista italiano Zerocalcare (Arezzo, 1983) nos muestra la lucha del pueblo kurdo contra el Estado Islámico, la constante presión del ejército turco y la revolucionaria experiencia de autogobierno democrático en la zona de Rojava.

domingo, 15 de mayo de 2011

Bienvenido de regreso a casa Woody: Midnight in Paris

Muchas veces he comparado el cine de Woody Allen con la visita de un viejo amigo, al que hace tiempo que no ves, con el que vuelves a rememorar las historias de siempre, pero que lo haces con placer y satisfacción porque cada vez suenan distintas y tienen matices que las hace diferentes.
Reconozco la insatisfacción que me habían producido sus últimas entregas, empezando por la insufrible Vicky Cristina Barcelona, y continuando con las poco acertadas Si la cosa funciona y Conocerás al hombre de tus sueños. Parecía que el ritmo autoimpuesto por Allen de realizar una película anual empezaba a pasarle factura una vez rebasados los 70 años. O eso, o que decididamente había empezado a burlarse de todos nosotros y a vivir de rentas.
Después de haber visto Midnight in Paris, debo afirmar que ni una cosa, ni la otra. Woody Allen regresa con la fuerza, la vitalidad, la frescura y la ironía que casi siempre le había caracterizado. No llega a la cumbre de cintas como Annie Hall, Hannah y sus hermanas, Zelig o Misterioso asesinato en Manhattan, pero la esencia del mejor Allen está presente a lo largo y ancho de esta comedia en la que realidad y fantasía se confunden, en la que presente y pasado no son más que diferentes caras de la insatisfecha condición humana y en la que París y el mundo de sus referencias culturales, se convierte en un personaje más.
La película tiene chispa, tiene ese halo de positividad que siempre le he encontrado a sus películas, por dramática que pudiera ser la situación que plantease. Por momentos recuerda a La rosa púrpura del Cairo o a Días de radio, y sus diálogos recuperan esa capacidad de diseccionar la condición humana, sus miedos, temores, miserias, manías y superficialidades:
Anoche vimos una película genial -dice uno los personajes-.
¿De quién era? -pregunta el protagonista-.
No lo sé, lo he olvidado.
¡Genial, pero olvidable!
Por lo demás la actuación de los actores acompaña eficientemente el desarrollo de un guión que está bien hilado y que danza sin especiales complicaciones de un lado para otro, sin pretensión de hacerse creíble, y sí de servir a la exposición de los argumentos que soportan la historia. Bien Owen Wilson en su personaje del guionista televisivo que ansía convertirse en escritor de verdad, en el que sin duda todos acertamos a ver el alter ego del propio Woody Allen. Acertada presencia de Marion Cotillard interpretando a la musa de artistas como Picasso y Hemingway. Consistente Rachel McAdams como la novia que quiere una vida planificada y organizada, a la que encanta la palabrería y la presunta sapiencia de un antiguo pretendiente al que reencuentra en París, y que finalmente se tiene que volver a Estados Unidos compuesta y sin boda. Junto a ellos un carrusel de actores y actrices, desde Liam Brody, hasta Kathy Bates, que dan vida a una amplia galería de personajes que pululan por las distintas épocas parisinas que recrea la película: los ya citados Picasso y Hemingway, Buñuel, Dalí, Man Ray, T.S.Elliot, Scott Fitzgerald, Gertrude Stein, Juan Belmonte, Gauguin, Toulouse Lautrec, etc.
En definitiva Midnight in Paris es una película de la que sales con muy buen ánimo y que me hace decir: ¡Bienvenido de regreso a casa Woody!.


viernes, 1 de abril de 2011

Lo nuclear en la cultura japonesa


El hecho de ser el único país que ha padecido los efectos directos de la utilización militar de la energía nuclear, con las bombas atómicas lanzadas en 1945 sobre Hiroshima y Nagasaki, ha tenido una importante impronta sobre la cultura japonesa desde mediados del pasado siglo XX.
Lo nuclear está presente en un doble y contradictorio sentido: por una parte se reflejan los beneficios que aporta al desarrollo de un país sin recursos energéticos naturales suficientes, pero por otra aparece una permanente obsesión por los efectos negativos de la misma, su invisibilidad y su duración en el tiempo.
De algún modo se podría decir que la sociedad japonesa vive atormentada en esa disyuntiva y lo refleja en buena parte de los elementos de su cultura popular.
Por supuesto que los mangas (las historietas japonesas) no son ajenos al fenómeno. Uno de los títulos más emblemáticos y que más impacto causaron en Occidente, tanto en su versión en papel, como su posterior adaptación cinematográfica, fue AKIRA, del maestro Katsuhiro Otomo. La primera página de AKIRA comienza con el siguiente texto: A las 2.17 PM del 6 de diciembre de 1992 un nuevo tipo de bomba explotó en el área metropolitana de Japón. Y ese mundo post-atómico es una constante en muchas de las obras de autores nipones.
También en el terreno de los dibujos animado, por citar sólo dos ejemplos, tenemos a Astroboy, que surge en la década de los 60 y que es un auténtico fenómeno de masas, y Mazinger Z, en la década de los 70 del siglo XX, que alcanzó también una gran popularidad en nuestro país.
Si miramos otros medios de expresión artístico nos podemos encontrar, entre otros, con Godzilla, lagarto mutante creado en 1954.
Y si nos vamos al terreno de la literatura nos encontramos con obras como La lluvia negra, de Masuji Ibuse, llevada al cine en 1989, que describe los efectos de la bomba atómicas de Hiroshima sobre la población japonesa y la marginación a la que los llevó. Otra referencia más reciente la encontramos también en la obra de uno de los autores nipones más apreciados en Occidente, como Haruki Murakami, cuyo inicio de Kafka en la orilla, contiene evidentes referencias a lo nuclear.
Si esto ha sido así desde 1945, cabe pensar que el gravísimo accidente sufrido por la central de Fukushima, que ha vuelto a traer a primer plano el problema no resuelto del peligro nuclear en caso de accidente, volverá a acrecentar, como ya se está viendo, el temor y la obsesión por los efectos de una energía que no destruye la capa de ozono pero que mata de forma invisible durante cientos y miles de años. Y eso, sin duda, seguirá teniendo reflejo en la cultura japonesa.

martes, 1 de marzo de 2011

25 años de andadura profesional extremeña


Lo bueno de cumplir años y hacerse mayor es que empiezan a completarse ciclos temporales que se convierten en efemérides personales. Y este es mi caso en este momento.
Tal día como hoy, hace exactamente 25 años, el 1 de marzo de 1986, inicié mi andadura profesional en Extremadura, incorporándome al ayuntamiento de Navalmoral de la Mata, para crear su gabinete de prensa. Tuve entonces de alcalde a Javier Corominas, empeñado en modernizar las estructuras y funcionamiento de un municipio (el tercero de la provincia de Cáceres), cuya presencia y proyección mediática no era, ni de lejos, la que le correspondía económica y demográficamente. De aquellos años recuerdo mi papel de multicorresponsal para varios medios radiofónicos que acudían a mí ante la falta de presencia estable en la zona, o la avalancha informativa que padecimos tras el accidente nuclear de Chernobil, en abril de 1986, coincidente en el tiempo con un incidente en la cercana Central Nuclear de Almaraz.
Tras esta primera etapa extremeña, la profesión me ha llevado por distintos puntos de la región. En Cáceres primero estuve entre 1987 y 1989, como redactor jefe de El Periódico de Extremadura, compartiendo la aventura de su regionalización con Amador Rivera Pavón, entre otros. Años más tarde, entre 1993 y 1996, volví a la ciudad como director territorial de Radio Nacional de España en Extremadura, tomando el relevo de uno de mis maestros profesionales, Antonio Villalobos. En RNE previamente había estado como director de la emisora de Plasencia, entre 1989 y 1990, y de la de Badajoz, entre 1990 y 1993. Residiendo ya de forma permanente en la capital pacense, desde 1996 ha sido Mérida mi destino laboral. Primero unos meses en la consejería de Obras Públicas y Transportes. Después, desde 1997 y durante 7 años, en la Presidencia de la Junta de Extremadura, inicialmente como jefe del Gabinete de Prensa y posteriormente como director general de Relaciones Informativas e Institucionales. Aparte de la oportunidad y el aprendizaje que supuso trabajar junto a un político como Juan Carlos Rodríguez Ibarra, los años en la administración autonómica extremeña me sirvieron para compartir tareas con personas que, más que compañeros, son amigos como Andrés Mateos, Federico Galán o Javier Castaño, que son un auténtico ejemplo profesional para todos, sin olvidarme de Marisol Pérez Domínguez, Antonio Ventura o Carlos Sánchez Polo.
Finalmente, desde 2004, sin dejar Mérida como centro laboral, mi trayectoria ha estado ligada a la empresa e-Cultura, derivando mi trabajo hacia otros ámbitos, como la comunicación cultural o la creación y gestión de marcas territorio. José María Lama, Félix Lozano, Nacho Escobar, Manuel Romero o Diego Espinosa, son sólo algunos de los nuevos amigos que he incorporado a mi vida extremeña en esta última etapa laboral.
Resumir 25 años de vida en unos pocos párrafos es imposible y además, como suele suceder, al final siempre te dejas nombres en el tintero. Por ello quiero acabar aprovechando para dar las gracias a todas y cada una de las personas con las que a lo largo de este tiempo he compartido mi tiempo y mi trabajo en Extremadura, pues sin ellas, sin sus aportaciones, sin su colaboración, sin sus indicaciones, sin sus críticas, no habría sido posible mi camino en esta tierra. Una comunidad, Extremadura, que en su día me acogió con sus brazos abiertos y en la que he decidido desarrollar mi vida profesional, renunciando conscientemente a las oportunidades que me han surgido para irme a otros lugares. ¡Gracias!

viernes, 4 de febrero de 2011

Un millón de kilómetros

Mientras voy sentado más o menos cómodamente en el tren (estamos a -2º C y la calefacción funciona regular), realizando el trayecto Badajoz-Mérida, pienso en la satisfacción que me produce haber recuperado el gusto por la utilización del transporte público. Buena parte de la culpa, o del mérito, la tiene mi amigo y compañero José María Lama, que me ha demostrado que se puede vivir sin tener carnet de conducir, y no morir en el intento.
La otra parte de la culpa la tiene, en uno de esos momentos en los que uno está mirando las musarañas o pensando en inutilidades, la reflexión hecha sobre el tiempo que he pasado en los últimos años al volante de un coche. Redondeando, en los últimos 23 años he recorrido un millón de kilómetros. ¿Qué representa esa distancia en tiempo? Si calculamos a una velocidad promedio de 90 km/hora (parece uno de aquellos ejercicios de cálculo que nos ponían cuando éramos niños), resulta que he dedicado 463 días íntegros de mi vida a estar al volante, algo más de un año y tres meses.
Cuando pienso en la cantidad de cosas que habría podido hacer en ese tiempo, se me ponen los pocos pelos que tengo como escarpias. ¿Cuántos libros habría podido leer en ese tiempo, cuando aún no teníamos portátiles, smartphones y otros artilugios varios con los que ocupar el camino y extender la jornada laboral a cualquier hora y cualquier lugar?
Bueno, en realidad, y si quiero ser justo conmigo, tampoco ha sido tiempo perdido. En primer lugar porque han sido muchas horas de reflexión, de momentos para pensar y analizar. Eso que ahora tanto nos falta porque estamos operativos en cualquier momento y, en consecuencia, porque siempre estamos en disposición de hacer, en vez de pensar. En segundo lugar porque a lo largo de esas horas, días y meses han sido muchísimas las emociones y sensaciones que he vivido gracias a esa inestimable compañera de viaje que es la radio. Gracias a ella me he consternado con el genocidio de Ruanda, me he entusiasmado o decepcionado con las victorias o derrotas del Barça, he disfrutado con los musicales que José María Pou programaba en "La calle 42", me he indignado con la capacidad de insultar y calumniar de gente que no merece ni ser mencionada, se me ha encogido el corazón con las narraciones del desastre del camping de Biescas,de la riada de Badajoz, del 11-S o del 11-M; he llorado con las últimas palabras en vida de algún montañero exhausto en el Himalaya y he reído con los personajes del "Guiñol" de Canal Plus. Todas estas cosas, y muchas más, me han acompañado a través de la radio durante esos largos períodos de encierro, casi siempre individual, en el interior del coche para hacer, por lo menos, ¡un millón de kilómetros!

viernes, 10 de diciembre de 2010

Madrid a pie: Madrid con otros ojos


Son muchas las veces que he ido a Madrid, la mayoría por razones de trabajo. La experiencia, salvo momentos puntuales, no había resultado excesivamente satisfactoria: atascos, prisas, estrés, sensación de vorágine y la impresión de estar en una ciudad inhóspita e incómoda.
Sin embargo, como me suele suceder casi siempre, mi percepción sobre la ciudad ha cambiado en cuanto he tenido unos días para conocerla a pie de calle, para caminarla con tranquilidad (relativa, porque el gentío ha sido uno de los pocos puntos incómodos). Con motivo del puente de la Constitución he pasado cuatro días de turismo en Madrid, junto a mi mujer Lourdes y mi hija Silvia. Ha sido una magnífica experiencia, en la que sobre todos nos hemos dedicado a pasear por el centro de la ciudad, en la zona comprendida entre el Palacio Real y Atocha, y hasta el barrio de Salamanca; a dar una pequeña vuelta al mundo gastronómica, comiendo en restaurantes japoneses, italo-argentinos, hindúes, y tomando algunas tapas, callos incluídos, en el bar de Paco Roncero, Estado Puro.
Me han servido estos días para descubrir, o redescubrir, rincones y lugares del Madrid de los Austrias en los que nunca me había fijado con detalle, siempre preocupado por llegar a la hora a una reunión, por coger el próximo metro, o por que no me cerrasen algún establecimiento concreto. Por ejemplo me ha llamado mucho la atención la restauración del Mercado de San Miguel, justo al lado de la Plaza Mayor, aunque no pudiera disfrutar plenamente de su concepto y contenidos debido a la ingente cantidad de público que había.
Como no podía ser menos, también dedicamos un tiempo a la cultura, en este caso a la visita de los museos del Prado y Thyssen, a los que nunca habíamos ido con Silvia.
En este aspecto concreto debo decir que la experiencia ha sido algo agridulce: regular en el Prado y buena en el Thyssen.
En el primer caso llevábamos las entradas compradas por internet, como solemos hacer siempre que vamos de viaje, pero a diferencia de lo que nos ha ocurrido en otros museos europeos como el Louvre o la Galeria de los Uffizi, tuvimos que hacer más de media hora larga de cola para poder canjear la reserva digital por la entrada física y poder acceder al museo. Eso ya nos predispuso negativamente de cara a la visita y, aunque disfrutamos mucho de algunas obras en concreto, como las pinturas negras de Goya, que Silvia tenía mucho interés en ver con detalle porque había hecho un trabajo sobre el pintor aragonés; la sensación que nos llevamos fue un poco caótica y de desorden en la disposición de la colección (aunque igual es una opinión sacrílega desde un punto de vista museístico). Lo que sí nos resultó muy espectacular es la reconstrucción del claustro de los Jerónimos, llevada a cabo por Moneo con motivo de las obras de ampliación del Prado. Sobre todo nos llamó la atención el carácter exento de la misma.
En cuanto al Thyssen, más allá de que no tuvimos que hacer cola de ningún tipo (parecía que todo el mundo estaba en la cola para visitar el Congreso de los Diputados), y de su colección permanente, que ya conocíamos, lo que más nos sorprendió fue el alcance, magnitud y variedad de la colección de Carmen Cervera. Pensábamos que sería una muestra importante, pero ni mucho menos con la cantidad y calidad de obras que la componen, en la que no faltan practicamente ni uno solo de los grandes nombres de la pintura, sobre todo contemporánea.
En fin, que mi punto de vista sobre Madrid ha cambiado de forma sustancial. Tras estos días he dejado de parecerme una ciudad hostil y he conseguido aprehenderla un poco más. Todo será que la semana que viene, cuando vuelva por razones de trabajo, no sepa dónde dejar el coche, me peguen una clavada si lo meto en el parking, me encuentre envuelto en el atasco de todos los días y tenga que comer comida plastificada, vuela a pensar que Madrid me mata.

lunes, 22 de noviembre de 2010

La Caja Negra se estrena en Extremadura con el documental Spitzberg

http://vimeo.com/15059790

La productora audiovisual La Caja Negra debuta en Extremadura mediante el documental Spitzberg
, en el que recuperan la historia de la 1ª Expedición Polar Extremeña que en 1980 llegó a esta isla del archipiélago noruego de las Svalbard, puerta de entrada al oceáno glaciar Ártico.Miriam Soms, guionista y directora de este trabajo, junto a Víctor Sarabia, realizador del mismo, son dos jóvenes de mi pueblo, Premià de Mar, que 22 años después han realizado el mismo trayecto que yo, buscando en Extremadura un lugar en el que poder desarrollarse humana y profesionalmente.En estos momentos están embarcados en un atractivo proyecto de recuperación de los fondos audiovisuales privados de muchas personas de Extremadura y, fruto de ese trabajo, llegaron al conocimiento del material rodado por los protagonistas de la expedición que en 1980 llevó a un grupo de 8 hombres y 1 mujer al archipiélago más septentrional del planeta. Pertenecientes a los clubes Montañero de Badajoz y Monfragüe de Cáceres, tuvieron la iniciativa, inusual en aquella época, de utilizar embarcaciones neumáticas, tipo zodiac, para facilitar el acceso por mar hasta la base de las diferentes ascensiones que acometieron.
Este material es el que 30 años después ha servido de base para la elaboración del documental Siptzberg, que ha contado con la coproducción de la productora dombenitense 2D Media y la colaboración de las diputaciones de Cáceres y Badajoz, la Filmoteca de Extremadura y la Federación Extremeña de Montañismo.
El documental fue presentado el pasado domingo, 21 de noviembre, en el Centro de Ocio Contemporáneo (COC) de Badajoz, con lleno de público, entre el que se contaban los protagonistas de la expedición, familiares y amigos.
Miriam Soms y Víctor Sarabia se aproximan en este trabajo no solo a las experiencias deportivas, sino sobre todo a las reflexiones vitales, a las percepciones personales, de los expedicionarios, contraponiendo entrevistas personales actuales, con las imágenes de la película rodada en 1980. Emotiva sin caer en el sentimentalismo, Spitzberg recupera una página deportiva y humana de la historia reciente de Extremadura, digna de ser conocida por el gran público, como un ejemplo más del proceso de dignificación de la identidad extremeña emprendido en las últimas décadas.

martes, 12 de octubre de 2010

Jodiuras y decadencia

Al parecer una de las últimas modas que se están extendiendo es la de hacer que a uno lo secuestren para experimentar lo que se siente. ¡Vamos, una nueva forma para que los aburridos del primer mundo se entretengan!
Ésta, como otras muchas noticias que diariamente nos sacuden, no hace otra cosa que ratificarme en el estado de decadencia de muchos sectores de una sociedad opulenta (pese a la crisis), que lo tienen todo (porque en muchos casos se lo han dado y lo han heredado), que no están acostumbrados a conocer el esfuerzo y que no saben qué hacer con sus vidas.
Y esto ocurre al mismo tiempo y en el mismo instante en el que para millones de personas en el mundo, y no sólo en los llamados países en desarrollo, la única preocupación diaria que tienen es sobrevivir, tener algo que llevarse a la boca, encontrar un techo bajo el que ampararse o evitar ser asesinados por razones étnicas, religiosas o políticas.
Ya sé que siempre las clases dominantes, los señoritos de cada momento, han dado rienda suelta a sus caprichos para encontrar atractivos al hastío que les producía una vida en la que lo tenían todo y no les motivaba suficientemente nada. Lo malo es que eso siga sucediendo y que cada vez el listón se ponga un poquito más alto. Y tanto da vivir en un país del autodenominado primer mundo, en un país emergente o en un país del tercer o cuarto mundo.
La clave es pertenecer a las élites dominantes, a las clases que poseen el poder económico, político y social, o no.
Y ahí, no nos quepa la menor duda, no existen ni racismos, ni xenofobias.

domingo, 7 de marzo de 2010

L'Encant de fer 50 anys

"L'Encant de fer 50 anys" es el nuevo libro que acaba de publicar Rafael Vallbona (Edicions 62), que lleva el clarificador subtítulo: "Crònica optimista i sense manies". Rafa nos hizo entrega de él a un grupo de amigos, reunidos hace un par de semanas en la localidad tarraconense de Salomó, con la excusa de compartir una horas de buen yantar alrededor de una mesa i de unos excelentes calçots. La mayoría de los presentes o hemos cumplido, o están en los aledaños de los 50.
Aunque en algunas reseñas de internet aparece encuadrado en esa plaga que son los libros de autoayuda, debido sobre todo al título, idea comercial del editor, se trata de una obra en la que Rafael deja aflorar una vez más su vena irónica y socarrona. Aunque sea un descreido del periodismo, que no de los valores que deberían acompañar al periodismo si éste, en su opìnión, existiera, el libro permite ver su agilidad para describir situaciones y comportamientos humanos, haciendo especial hincapie en la interminable capacidad de contradicción y la falta de coherencia de las personas.
El libro supone una reflexión sobre ese momento vital, el medio siglo de vida, en el que de pronto es como si te dieras cuenta de que has llenado media botella y no sabes bien si verla medio repleta o medio vacía.
"L'Encant de fer 50 anys" es un conjunto de breves narraciones, cada una de ellas con un título y un comentario a modo de subtítulo, que se agrupan en tres bloques que sintetizan a la perfección el pensamiento del autor: Ahora que creemos tenerlo todo, Objetos perdidos por el camino y El discreto encanto de la derrota.
Con esta crónica generacional, que pese a su envoltorio aparentemente divertido tiene mucha miga, Rafael Vallbona continúa la senda que inició con "Ara que tinc quaranta anys" y con "Els nens (i les nenes) del rock".
Como dice en el comentario de entrada a uno de los relatos del libro: Ya no es necesario tener mala conciencia por no haber hecho todo lo que habías prometido hacer de joven; pide otra cerveza.

domingo, 14 de febrero de 2010

Invictus

Estamos en uno de los momentos álgidos de la temporada de rugby, con la celebración del Torneo de las Seis Naciones, la competición más importante de cuantas se celebran anualmente en el hemisferio Norte. Parece por lo tanto un buen momento para comentar "Invictus", la última película dirigida por Clint Eastwood, cuyo argumento gira precisamente en torno al rugby y al uso que hizo de él Nelson Mandela, en 1995, como aglutinante social de la Suráfrica que emergía después del apartheid.
Hay que decir de salida que no se trata de la mejor de las películas del director de "Sin Perdón", "Milion Dollar Baby" o "Gran Torino". Le falta ese ritmo y tensión narrativa que caracteriza su cine, aunque mantiene alguno de sus rasgos más destacables, como ese gusto por los primerísimos planos, que casi transparentan el retrato psicológico de los personajes a través de la piel del rostro, auténticos mapas vitales surcados por arrugas e imperfecciones.
En algunos momentos parece como si a Eastwood le costase enfrentarse con el tema amable que quiere mostrar, lejos de esos viajes al lado oscuro del individuo y de la sociedad a los que nos tiene acostumbrados.
En esta ocasión lo que hace es practicamente un documental sobre el Mundial de Rugby de Suráfrica de 1995, y de sus principales protagonista, el ya president
e Nelson Mandela, y el capitan de los springboks (nombre del equipo surafricano de rugby), François Pienaar, basandose en el libro "El factor humano", del periodista británico John Carlin. La interpretación que hace Morgan Freeman en el papel de Mandela, es uno de los grandes sustentos de la película. Matt Damon resulta algo más plano encarnando al capitán springbok. Curiosamente la película refleja mejor lo que es el desarrollo del propio mundial, haciendo bastante creíbles los partidos y el ambiente de los estadios, que otros momentos, aparentemente más sencillos de resolver y que resultan algo chuscos, como el acoso de periodistas y fotógrafos a Pienaar cuando iba a reunirse con Mandela.
Pero además a mí la película me gustó porque hay en ella toda una serie de elementos que para mí son pequeños guiños. Uno de ellos es la utilización de la canción "Osiyeza", uno de los mejores temas del grupo surafricano Johnny Clegg & Savuka. Otro es la aparición casi al final de las imágenes de otro de los grupos emblemáticos del país, los Lady Smith Black Mambazo, con el ya desaparecido Joseph Savalala al frente.
Y de fondo, aunque tratado bastante superficialmente, el difícil proceso que se vivió en Suráfrica y que de la mano de Mandela consiguió no acabar en el previsible baño de sangre, aunque 15 años después muchos de los problemas siguen persistiendo y bastantes de las esperanzas se hayan quedado en el camino.

sábado, 23 de enero de 2010

Haití, emoción y educación

Sobre la tremenda catástrofe de Haití, que se ha unido a la desastrosa situación del país antes del terremoto, se ha escrito y dicho casi todo. Por lo tanto no es mi intención insistir en ello. Lo que quiero con estas líneas es comentar uno de esos momentos de emoción que a veces surgen inesperadamente y que te dejan casi paralizado.
Ocurrió en la tarde del viernes, mientras escuchaba el programa de Gemma Nierga en la Cadena SER. Entrevistaba a uno de los bomberos de la Comunidad de Madrid que acababan de regresar de Haití. El hombre explicaba, con tono sensiblemente cansado, lo que había visto y vivido. Destacaba el enorme trabajo y esfuerzo de hombres y mujeres deplazados al país caribeño para participar en las labores de rescate: bomberos de varias comunidades autónomas, médicos catalanes, ertzainas, policías nacionales, etc. Para todos ellos tenía palabras de elogio.
Casi al final de la entrevista, Gemma Nierga le preguntó por lo que más le había impresionado y el bombero, sin dudarlo un instante, dijo que el ver las escuelas absolutamente arrasadas, que no quedaba ni una sola en pie. Y a continuación recordó que había recogido de una de ellas un estuche escolar, un plumier, y que se lo había llevado para dárselo, a la vuelta, a sus dos hijos, para que siempre recordaran la importancia que tiene la educación para el desarrollo de un país, y apreciasen lo afortunados que son. En ese momento al bombero se le quebró la voz y ya no pudo continuar. Se hizo un silencio en el que cientos de miles de oyentes seguro que sintieron la emoción contenida de todos los que estaban en antena. A mí, personalmente, se me encogió el alma, sentí una tremenda opresión en la garganta y noté que los ojos me enrojecían. Tras unos instantes eternos, el silencio en radio pesa como una losa, el programa consiguió continuar.

Resulta muy edificante, y una auténtica lección, que un hombre como este bombero, que ha visto la cara más dura de la tragedia, sea capaz de una reflexión tan lúcida como esta, poniendo a la educación y a la cultura en el centro de las esperanzas de futuro de Haití. Recordándonos a todos que, sin ambas cosas, las personas apenas somos nada y las sociedades están condenadas al fracaso más estrepitoso, como ya lo era Haití antes del terremoto.

domingo, 29 de noviembre de 2009

Desde la atalaya de los 50

Hoy, 29 de noviembre de 2009, cumplo 50 años. Una magnífica atalaya desde la que contemplar el camino recorrido y otear el que viene.
Hoy es un día especial, pero no deja de ser un día más, por eso rehuyo conscientemente hacer de él una magna celebración, otorgarle complejos significados, etc.
Lo máximo son estas líneas, sólo para dejar constancia del aniversario por la redondez de la cifra: medio siglo.
Por lo demás un maravilloso día más, nublado y lluvioso en Badajoz, como me gusta que sean los días de otoño; disfrutando en la intimidad con las dos personas a las que más quiero en el mundo, Lourdes, mi mujer, y Silvia, mi hija; recibiendo las felicitaciones telefónicas y digitales de familiares y amigos.

Como curiosidad, que a uno siempre le atrae, comprobar que 1959 dio una buena hornada de cincuentones, como los baloncestistas Epi e Iturriaga, las actrices Victoria Abril y Emma Thopmson, los componentes de Mecano, Ana Torroja y José María Cano, los directors de cine Kevin Spacey, Sam Raimi y Mariano Barroso, o los líderes indígenas como la Premio Nobel, Rigoberta Menchú y Evo Morales. Y, por supuesto, Asterix.

En lo referente a los acontecimientos de ese 1959, me quedo con la Declaración Universal de los Derechos del Niño, aprobada por la Asamblea General de la ONU; la publicación de El Tambor de Hojalata, por Günter Grass; el estreno de Con faldas y a lo loco de Billy Wilder o la concesión del Premio Nobel de Medicina a Severo Ochoa.
En fin, entro en una nueva década que, como siempre me ha ocurrido, estoy convencido que será la mejor, ..., hasta el momento.

viernes, 3 de julio de 2009

Tren Estrella: retorno al pasado

En tiempos de AVE y demás moderneces ferroviarias, viajar en un Tren Estrella es como hacer un retroceso en el tiempo.
Finalmente esta ha sido la mejor opción, por no decir casi la única (automóvil al margen), para ir a Barcelona con la bicicleta, desde donde Rafa Vallbona me recogería camino de Bagneres de Luchon.
La cosa empezó anoche en la estación de Chamartín. Hacia las 21.45 horas, con el tren ya estacionado en la vía, primer atasco para acceder al vagón. La gente atorada por los estrechos pasillos, mientras intenta colocar su equipaje en los exiguos compartimentos. Si además llevas una bicicleta en su funda y una bolsa llena de todo el material necesario para ir en ella, pues no te cuento.
Cuando ya consigo entrar en el compartimento compruebo que la litera que me toca es la de arriba del todo. Subo a dejar la bolsa y noto un tremendo calor, al que lógicamente no se puede poner coto porque los botones del hipotético aire acondicionado van a su libre albedrío.
Siguiente problema, la bicicleta tiene que caber tumbada debajo de las literas inferiores. ¡No cabe!. Solución, sacar las dos ruedas y mirar de colocarlas de alguna forma en una especie de altillo que hay encima de la puerta. Lo consigo con la ayuda de un amable viajero, con el que esta noche compartiré sudores y traqueteos. Lo que no estoy muy seguro es que ambas ruedas no acaben aterrizando con alevosía y nocturnidad encima de mi amplia y despejada frente.
Al poco de arrancar el tren, decido que mejor armarse de paciencia y pasar la noche estirado intentando descansar. Hay que reconocer que la ropa de cama está limpia, lo que no deja de agradecerse. Al tumbarse, ¡aaaarrrggggghhhhhh!, compruebo que el lecho está ardiendo. Aferrado a mi estoicismo, argumento que probablemente no me había enterado de que el billete incluía un servicio gratuito de sauna.
A partir de ahí la noche pasa sin mayores problemas que los ya descritos. Incluso duermo algunos períodos, gracias a que los compañeros de viaje son gente apacible que no molesta. Alguno, litera intermedia, hasta es capaz de pasar la noche durmiendo, arropado con la sabanita y con una escueta mantita que hay en cada litera: ¡impresionante!, que diría ese genio de las letras que es David Bisbal.
Lo mejor, la puntualidad final del tren, y que a las 8.30 horas ya estaba en Premià de Mar, en casa de mi madre, en una mañana calurosa, aunque con una agradable brisa.
En fin, mejor no pensar en el viaje de regreso la noche del domingo. Espero estar tan cansado de la etapa pirenaica, que pueda abstraerme y descansar.
Una última reflexión: hay que invertir en ferrocarril convencional, no sólo en AVES, y este país no está pensado para moverse de una punta a otra en transporte público con una bicicleta a cuestas.

domingo, 3 de mayo de 2009

La generación de arquitectos que cambió Barcelona


Estos día vuelve a ser noticia la arquitecta Beth Galí, que deja la presidencia del Foment de les Arts i el Disseny (FAD), tras cuatro años al frente de la prestigiosa entidad catalana, fundada en 1903, auténtica pionera y referente del diseño y la arquitectura.
El caso es que Beth Galí, hasta hace poco un mero nombre para mí, adquiere una mayor interés tras haber leído recientemente el libro de Llàtzer Moix, La Ciudad de los Arquitectos (Anagrama).

Llàtzer Moix, actual redactor jefe de cultura del diario La Vanguardia, escribió en 1994 el mencionado libro, en el que a partir de múltiples testimonios de los protagonistas, directos e indirectos, reconstruye el proceso de cambio urbano de la ciudad de Barcelona. Un proceso que arranca con la llegada a la alcaldía de Narcís Serra, el fichaje de Oriol Bohigas como máximo responsable del urbanismo arquitectónico barcelonés, y que se prolonga hasta nuestros días.
En el camino hitos como los Juegos Olímpicos de Barcelona 92 o el Fórum de las Culturas, acontecimientos que al margen de su éxito o fracaso, sirvieron como argumento para una nueva reinvención y reconceptualización de Barcelona, hasta llevarla al podium de las ciudades más atractivas del planeta, con las ventajas e inconvenientes que ello supone.
Con el libro de Moix, cuya narración termina en la práctica en los primeros momentos de la post-olimpiada, uno puede descubrir el intenso esfuerzo de un grupo de arquitectos, amparados por Serra y Maragall, por cambiar la estructura urbana de la ciudad, por hacer que volviera a mirar al mar, por humanizarla, por dotarla de calidad. Ahora bien, en muchos casos eso se hizo en medio de graves luchas internas, con enfrentamientos corporativos de todo tipo, con los ingenieros de caminos, con las distintas administraciones, entre los propios arquitectos. Un proceso en el que no faltaron las luchas de egos: el propio Oriol Bohigas, Moneo, Calatrava, Álvaro Siza, Óscar Tusquets, Acebillo, Norman Foster, Bofill, etc.
Un proceso, internacionalmente alabado y puesto de ejemplo, pero en el que aparecen muchas sombras, muchos tics de un nuevo despotismo ilustrado, en el que no siempre se tenía en cuenta lo que podía ser mejor y más conveniente para las personas que diariamente deben vivir la ciudad.

Uno de los brazos ejecutores de toda esta transformación fue el llamado grupo de los Lápices, un grupo de jóvenes estudiantes de los últimos años de arquitectura en la ETSAB (Escuela Técnica Superior de Arquitectura de Barcelona), que fueron el soporte para el trabajo que quería llevar a cabo Oriol Bohigas y su equipo en el ayuntamiento. Y entre estos lápices, precisamente estaba la ahora saliente presidenta del FAD, Beth Galí.
Una buena lectura, por lo tanto, para descubrir gran parte de los entresijos del cómo y porqué la Barcelona actual és como la conocemos.