
Con todo, el momento álgido es cuando aparece un grupo de mujeres keniatas, de una zona del interior del país, que ha montado una pequeña empresa que se dedica al secado y posterior fritura de raspas de pescado, que después son consumidas por la población, que encuentra en ellas uno de los escasos aportes de minerales para su alimentación. ¿Y por qué sólo las raspas de pescado?, me pregunto. La respuesta es un perfecto canto a la globalización y a la vertiente más perversa de la misma: la carne de los pescados, al parecer muy sabrosa, se extrae de los mismos y se vende a Israel y a otros países. Para el mundo desarrollado y para quien tiene dinero, los filetes de pescado. Para África y los desheredados de este planeta, las raspas. ¡Pocos ejemplos tan claros de cómo está organizado este mundo!.