sábado, 5 de mayo de 2007

Corea vista por 12 autores

Mi buen amigo José María Lama, convenientemente aconsejado en la interesante librería Zuloa de Gastéiz, me obsequió recientemente con el libro titulado Corea vista por 12 autores, publicado por la editorial tarraconense Ponent Mon.
Para mí ha sido un descubrimiento bastante atractivo porque la verdad es que he tenido poco contacto con el manhwa, que es como se llaman los tebeos que se publican en el país que fue sede de los Juegos Olímpicos de 1988 y co-sede del Mundial de Fútbol de 2002.
El libro es fruto de una experiencia impulsada en 2006 por la Embajada de Francia en Corea del Sur con motivo del 120 aniversario de las relaciones diplomáticas franco-coreanas. Ésta consistió en dos viajes de sendos grupos de tres dibujantes franceses, que realizaron una inmersión en el país asiático, fruto de la cual son las obras que se incluyen en este volumen.
Junto a ellos se publican también varias obras de algunos de los autores coreanos más relevantes que, por supuesto, hasta este momento eran desconocidos para mí.
Haciendo un pequeño análisis del libro, creo que en su conjunto es bastante interesante, porque permite apreciar los muy diferentes presupuestos de partida sobre los que estructuran su trabajo los dibujantes franceses y los coreanos. Aún así la calidad de los trabajos que se incluyen es bastante irregular, en especial por la parte francesa.
Los primeros se centran sobre todo en su peripecia particular en un país con una cultura y unas costumbres tan diferentes a las europeas en general, y a las francesas en particular. Podríamos decir que es una visión casi turística, superficial, en la que apenas hay hondura en los contenidos que se plantean. En cambio los autores coreanos sorprenden, tanto por el tempo de sus obras, que apenas traslucen agitación y que tienen un ritmo que invita a la reflexión; como por la altísima calidad gráfica de alguno de ellos.
De los franceses me quedaría con Vanyda y su obra ¡Ah, Pilsung Korea!, que plantea una interesante reflexión sobre la inadaptación de los hijos de algunos matrimonios mixtos, que ni son vistos como franceses en Francia, ni como coreanos en el país de su progenitor/a.
En cuanto a los autores de Corea, la calidad media de sus obras, tanto narrativa, como gráfica y temáticamente, es realmente elevada. Pero, por encima de todos ellos, personalmente me quedo con la fuerza del trabajo del veterano Lee Doo-Ho (nacido en 1943), titulado El árbol de Solgeo, en el que recrea la leyenda sobre un famoso pintor del siglo VI con una técnica tan exquisita que llegó a pintar un árbol sobre el que dicen querían posarse los pájaros.
Resumiendo, un libro interesante que, por una parte, permite un cierto acercamiento a algunos aspectos de la vida y la filosofía del pueblo coreano y, por otra, facilita el descubrimiento de un tipo de obras y autores a los que, en principio, estamos poco acostumbrados y que difieren bastante de la masiva producción japonesa que nos ha llegado en la última década.