martes 17 de noviembre de 2009

Manuel by Vázquez

Este fin de semana los medios de comunicación se han hecho eco del reciente anuncio del inicio del rodaje de una película biográfica sobre una de las figuras clave de la historieta española: Manuel by Vázquez.
La película está dirigida por otro creador que dió sus primeros pasos en el ámbito de la narrativa ilustrada, Óscar Aibar, quien hizo sus pinitos como guionista en publicaciones como Cimoc, Zona 84, El Víbora o Cairo, con la firma Oscaraibar.
Pero más que referirme a lo que puede ser la película, información facilmente accesible en multitud de lugares de internet, lo que quiero es hablar del personaje: Manuel by Vázquez.
Vázquez fue un personaje de un extraordinario talento creativo y, al mismo tiempo, un individuo que rehuyó voluntaria e intencionadamente cualquier catalogación social, cualquier encasillamiento. Capaz de pasar de la opulencia a la miseria en un instante, totalmente díscolo ante cualquier disciplina y norma, mujeriego sin límites. Pero, y por eso todos le soportaban, un auténtico genio.
Yo tuve la oportunidad de entrevistarle en un par de ocasiones. La primera de ellas en su piso de Barcelona, creo que por aquél entonces residía en la zona de la Avenida de la Meridiana. La entrevista, cuyas viejas cintas de cassette guardo como oro en paño, se la hicimos un compañero de la universidad y yo, el día 16 de mayo de 1980. El objetivo conocer su opinión y sus puntos de vista para un trabajo que estábamos haciendo, con el que queríamos demostrar que las relaciones de producción y las condiciones de trabajo de los creadores españoles de tebeos, tenían incidencia directa en el resultado final de su obra.Huelga decir que Manuel Vázquez se explayó a gusto en un tema en el que pudo poner a caldo al mundo editorial hispano y, muy especialmente, a una editorial Bruguera que ya estaba en horas más que bajas. Al margen de lo que nos explicó, la entrevista fue digna del personaje, empezando por el hecho de que a mi compañero se le habían roto los pantalones. Ni corto ni perezoso, Vázquez le hizo quedarse en paños menores, mientras le pasaba los pantalones a su compañera del momento para que los zurciese.
Mi segundo encuentro directo con by, fue ya en los años 90, con motivo de la edición del Salón del Cómic de Barcelona en la que le otorgaron un premio por el conjunto de su obra. Vázquez había dado un cambio absoluto a su trayectoria y firmando como Sappo se dedicaba a historietas eróticas en Makoki y El Víbora. Todavía recuerdo las pestes que echaba de Editorial Bruguera y de su continuadora, Ediciones B, de la que decía que se dedicaba a reeditar una y otra vez su obra, sin reconocerle el más mínimo derecho de autor. Un tiempo después también se dedicó con acierto a las tiras de actualidad, en las páginas del diario El Observador.
Vázquez fue, de algún modo, una reencarnación moderna del pícaro, como quedó plasmado en muchísimas historietas que él protagonizó como personaje, desde Los cuentos del tío Vázquez, hasta el moroso de la buhardilla de la 13 rue del Percebe.

miércoles 30 de septiembre de 2009

Vicente Molina Foix: el atrevimiento de la ignorancia

Con unos días de retraso, he leído la columna de opinión que el escritor Vicente Molina Foix firmaba en la edición de la revista TIEMPO del pasado 18 de septiembre. Bajo el título Dibujos Animados (¿?), se esmera en intentar demostrar la futilidad y escaso valor de la narrativa dibujada, de los tebeos, historietas o cómics. Lo cierto es que uno esperaba de alguien como Vicente Molina Foix un cierto rigor intelectual y un poco de cultura, pero lo que descubre a través de sus líneas es la más absoluta ignorancia y un importante clasismo. Podría llenar hojas y hojas rebatiendo los argumentos de este juntaletras (creo que esta es una catalogación del mismo rango que la que él utiliza para designar a los dibujantes de historietas: dibujantes de monigotes). Pero, como ocurre muchas veces, nada mejor para dejar en evidencia a alguien que escuchar lo que dice o leer lo que escribe. A continuación reproduzco algunos de los párrafos más sabrosos del artículo de Molina Foix.
- Proliferan los cursos, semanas, exposiciones en los museos y simposios también dedicados al cómic, y todo coronado por la disparatada instauración, hace más de un año, del premio Nacional de Cómic, con el que nuestro Ministerio de Cultura enaltece al dibujante de monigotes con la misma dignidad (y el mismo dinero) -ahí le duele- que otorga al mejor novelista, poeta o ensayista del año.
- No tengo nada en contra de los tebeos, que leí de niño con el placer primario y el escaso aprovechamiento que dan estas cosas -siento su incapacidad para extraer lo mucho de bueno que nos aportaron y aportan los tebeos-.
- Que muchos ciudadanos, y entre ellos filósofos de fuste y poetisas de la experiencia, sean devotos acérrimos de los dibujantes me parece respetable; toda manía que no haga daño al prójimo lo es.
- ...mientras que el tebeo, en sus distintas encarnaciones, cómicas, eróticas o fantásticas, nunca deja de ser un entretenimiento no sé si para menores, pero desde luego muy menor.
Como guinda, hay un párrafo en el que demuestra su total desconocimiento y confusión: que tanta gente y tantos críticos serios digan que una chorrada de plastilina (¿?) como UP es una obra maestra del séptimo arte me produce vergüenza.
Me parece que con estos párrafos, queda perfectamente claro el atrevimiento que la ignorancia sobre el tema produce en Vicente Molina Foix.

En todo caso, piense lo que piense, gracias a este medio de expresión que el ningunea, lo consideremos arte, forma de comunicación o lo que sea, hemos podido disfrutar, y obtener un gran aprovechamiento, de la obra de autores como Will Eisner, Carlos Giménez, Quino, Charles Schulz, Katsuhiro Otomo, Jacques Tardi, Hugo Pratt, Moebius, Harold Foster, Windsor Mc. Cay y otros muchos.

¡Gracias a todos ellos!

lunes 6 de julio de 2009

Por los caminos de "La Grande Boucle"





El sábado 4 de julio quedará en mi recuerdo como uno de los días más duros, deportivamente hablando, y emocionantes de mi vida.
Tal y como había previsto, la ruta pirenaica por los puertos del Peyresourde, Aspin y Tourmalet, fueron un cúmulo de dificultades que me enfrentaron al límite de mis propias posibilidades ciclistas.
La jornada arrancó en Bagneres de Luchon, villa termal, desde la que inmediatamente se ataca el primero de los puertos, el Peyresourde, de casi 15 kilómetros. Apenas habíamos empezado a pedalear, cuando un chaparrón nos obliga a guarecernos en una vieja gasolinera que está a la salida del pueblo.
Tras unos minutos observando el cielo, pareció abrir y nos pusimos en ruta. Buenas sensaciones en las piernas, pese a lo complicado que me resulta coger ritmo subiendo sin haber rodado previamente. Poco a poco me voy encontrando mejor. A lo lejos se escuchan fuertes truenos y al cabo de un rato empiezan a caer gotas, que después se convierten en muchas gotas y finalmente en un gran chaparrón. Me voy mojando, pero como no hace frío, me siento cómodo, aunque chorreo agua por los cuatro costados. La carretera parece un río, pero aún así, sigo adelante. Poco a poco cesa la lluvia, se deja entrever el sol y ya casi estoy en la cima. Primer objetivo logrado.
Parada para ingerir líquidos y alimentos, gracias al avituallamiento que lleva preparado Adriana, la mujer de Rafa, que nos hace la asistencia en carretera.
Tras unos minutos, nos abrigamos, y descendemos el puerto camino al próximo objetivo, el Col d'Aspin, de unos 12 kilómetros, que se me van haciendo cada vez más duros.
Finalmente consigo, bastante cansado, coronar Aspin. Allí, todo huele a ciclismo. Coches de apoyo a los distintos grupitos y personas que a lo largo del día van subiendo y bajando, al igual que ocurre con el resto de los puertos pirenaicos que todos asociamos al Tour de France, a la gran boucle.
En Aspin bebo y como para reponer energías y recargar el depósito de cara a lo más dificil de la jornada: la subida al Tourmalet.
Descendemos hasta la base del Tourmalet. Allí parada obligatoria para rellenar los bidones con el agua de una fuente de la que es tradicional servirse antes de iniciar el ascenso. Allí, un cartel que te informa de la longitud total de la subida, 16,7 kilómetros, con una pendiente media del 4,5 %. No parece muy duro, pero si tenemos en cuenta que los tres o cuatro primeros kilómetros oscilan entre un 2 y un 3%, nos vamos dando cuenta que la parte final de la subida se mantiene durante varios kilómetros en una media del 9,5%.
La subida se convierte en una auténtica tortura. Me siento bien de piernas y de fuerzas, pero de tanto en tanto me agarroto y me veo obligado a poner el pie en tierra, para estirar un poco. Aún así, no desisto y sigo, poco a poco, subiendo. Llego a la estación de esquí de La Mongie, donde están las rampas más duras. Para postre, me equivoco y cojo un desvío incorrecto, entre ovejas y vacas pirenaicas. Me armo de paciencia y busco el retorno a la carretera adecuada. Apenas quedan unos 4 kilómetros, pero eso es una eternidad subiendo a una velocidad que oscila entre los 6 y los 8 kilómetros por hora. Saco fuerzas de donde ya creo que no hay pero, al final, ¡sí!, ahí está la cima del Tourmalet. Veo a Adriana con la cámara presta a retratar mi llegada y a Rafa, animándome en los escasos metros que me faltan. ¡Ya está! Ahora llegan las fotos, el retrato con el fondo del gigante de la ruta, la visita al bar del Tourmalet en el que reposan algunas de las pioneras bicicletas con las que se subía en los primeros años, 1908 y siguientes. Después de descansar un poco, comer y beber, tomar un té caliente, descendemos por una ruta preciosa y divertida hasta Luz de Saint-Sauver.
¡Objetivo conseguido!. Cada uno tiene sus límites deportivos y yo he conseguido superar el mío. Estoy dolorido y cansado, pero satisfecho. Y como uno debe analizar siempre las cosas, el principal problema que he tenido ha sido que no conseguí quitarme en ningún momento de la cabeza el reto al que me enfrentaba. Lo mismo que otras veces ir en bicicleta me servía para pensar en otras cosas, en esta ocasión era tanta la ilusión que en ningún momento dejé de pensar en lo que estaba haciendo, en lo que me quedaba, en la dureza de las pendientes, etc. Y eso, probablemente, me dificultó más el pedaleo que la propia complicación de la carretera.

viernes 3 de julio de 2009

Tren Estrella: retorno al pasado

En tiempos de AVE y demás moderneces ferroviarias, viajar en un Tren Estrella es como hacer un retroceso en el tiempo.
Finalmente esta ha sido la mejor opción, por no decir casi la única (automóvil al margen), para ir a Barcelona con la bicicleta, desde donde Rafa Vallbona me recogería camino de Bagneres de Luchon.
La cosa empezó anoche en la estación de Chamartín. Hacia las 21.45 horas, con el tren ya estacionado en la vía, primer atasco para acceder al vagón. La gente atorada por los estrechos pasillos, mientras intenta colocar su equipaje en los exiguos compartimentos. Si además llevas una bicicleta en su funda y una bolsa llena de todo el material necesario para ir en ella, pues no te cuento.
Cuando ya consigo entrar en el compartimento compruebo que la litera que me toca es la de arriba del todo. Subo a dejar la bolsa y noto un tremendo calor, al que lógicamente no se puede poner coto porque los botones del hipotético aire acondicionado van a su libre albedrío.
Siguiente problema, la bicicleta tiene que caber tumbada debajo de las literas inferiores. ¡No cabe!. Solución, sacar las dos ruedas y mirar de colocarlas de alguna forma en una especie de altillo que hay encima de la puerta. Lo consigo con la ayuda de un amable viajero, con el que esta noche compartiré sudores y traqueteos. Lo que no estoy muy seguro es que ambas ruedas no acaben aterrizando con alevosía y nocturnidad encima de mi amplia y despejada frente.
Al poco de arrancar el tren, decido que mejor armarse de paciencia y pasar la noche estirado intentando descansar. Hay que reconocer que la ropa de cama está limpia, lo que no deja de agradecerse. Al tumbarse, ¡aaaarrrggggghhhhhh!, compruebo que el lecho está ardiendo. Aferrado a mi estoicismo, argumento que probablemente no me había enterado de que el billete incluía un servicio gratuito de sauna.
A partir de ahí la noche pasa sin mayores problemas que los ya descritos. Incluso duermo algunos períodos, gracias a que los compañeros de viaje son gente apacible que no molesta. Alguno, litera intermedia, hasta es capaz de pasar la noche durmiendo, arropado con la sabanita y con una escueta mantita que hay en cada litera: ¡impresionante!, que diría ese genio de las letras que es David Bisbal.
Lo mejor, la puntualidad final del tren, y que a las 8.30 horas ya estaba en Premià de Mar, en casa de mi madre, en una mañana calurosa, aunque con una agradable brisa.
En fin, mejor no pensar en el viaje de regreso la noche del domingo. Espero estar tan cansado de la etapa pirenaica, que pueda abstraerme y descansar.
Una última reflexión: hay que invertir en ferrocarril convencional, no sólo en AVES, y este país no está pensado para moverse de una punta a otra en transporte público con una bicicleta a cuestas.

martes 30 de junio de 2009

Pirineos 2009: el reto está ahí

Por fin el día ha llegado y el reto está ahí, a la vuelta de la esquina. El año pasado no fue posible por diversas circunstancias y entonces me comprometí públicamente, a través de este blog, a subir el Tourmalet en 2009.
Ahora faltan pocas horas para que inicie el camino que me ha de llevar hasta Bagneres de Luchon, punto de partida para el reto pirenaico en el que me va a acompañar mi amigo de toda la vida Rafael Vallbona.
Reconozco que me siento un poco tenso ante el envite. Hacía años que no tenía esa sensación, inherente al ejercicio deportivo, propia de cuando estás ante uno de los momentos decisivos de una competición, aunque en este caso la única lucha es con uno mismo y con la montaña.
Finalmente será el sábado que viene, coincidiendo con el incio del Tour de Francia 2009, cuando abordemos esta etapa en los Pirineos, digna de la gran ronda gala. Por orden, iremos subiendo el col de Peyresourde, el col d'Aspin y, finalmente, la cima mítica del Tourmalet.
En la recámara, por si el cuerpo y las ganas lo permiten, nos queda Luz Ardiden. Sé que voy a sufrir y a sentir dolor, pero también imagino la sensación de euforia indescriptible cuando consiga coronar, ¡eso espero!, el puerto que vio las míticas hazañas de Bahamontes, Coppi, Merckx, Van Impe, Ruiz Cabestany, Rominger, etc.
Soy un ciclista pausado y tranquilo, como definió Rafa hace dos años en un comentario en su blog ciclista (eltourmalet.blogspot.com), con menos dedicación y tiempo del que me gustaría, pero que disfruto de estos momentos de soledad y reflexión personal encima de la bicicleta. Y si lo puedes hacer con el ánimo y la enseñanza de un amigo como Rafael Vallbona, pues mejor todavía. Y además contando en esta ocasión con la inestimable colaboración de Adriana, su mujer, que nos va a hacer de asistencia en carretera: ropa seca, pasta, líquido, bocatas, etc.
Es mi reto, y mi pequeño homenaje, a esos 50 años que ya asoman las orejas a la vuelta del próximo noviembre.

domingo 14 de junio de 2009

Los intranquilizantes Mundos de Coraline


En más de una ocasión he expresado mi convencimiento de que muchas de las mejores cosas que se están haciendo en el cine actual son las películas de animación.
Esta convicción se ha visto reforzada tras la visión de Los Mundos de Coraline, que nos acaba de llegar de la mano de Henry Selick, el director de Pesadilla antes de Navidad (producida por Tim Burton) y de la adaptación de James y el melocotón gigante, uno de los libros de Roal Dahl.
Lo que está claro es que Los Mundos de Coraline, adaptación de una obra previa de Neil Gaiman, guionista de la historieta Sandman; no es una película para niños. Incluso añadiría que tampoco es una película para muchos adultos.
La sensación que uno tiene mientras la está viendo es de desasosiego, haciendo que uno se mueva incómodo en la butaca del cine. No sólo por lo que se ve, sino por lo mucho que se intuye. Selick se recrea jugando a su manera con el espectador, haciéndole transitar en un complejo escenario de mundos paralelos, en la que casi nada es lo que parece, pero muchas cosas son tan reales como la vida misma.
Con evidentes ecos de sus obras previas, Los Mundos de Coraline tiene múltiples resonancias de películas clásicas como Alicia en el País de las Maravillas, de los ambientes surrealistas de Jean Cocteau, incluso de algunos momentos del cine burlesco y decadentemente excesivo de Fellini.
Todo esto presentado en un precioso envoltorio estético tridimensional, que no se puede apreciar en las salas de cine de Badajoz, bien porque no tienen la máquina de proyección correspondiente, bien porque no te entregan las gafas con las que supuestamente deben visionarse.
Aún así, el disfrute es máximo, obligándote a reflexionar, a tomar partido por la niña adolescente, a la que sus padres no prestan atención, absortos como están en su trabajo para conseguir sacar adelante la familia. Que te obliga a replantearte de nuevo la relación cuando esa necesaria y deseable rebeldía se aboca al abismo del no retorno, de la pérdida de la identidad, de la renuncia a la personalidad representada por la fatídica decisión de renunciar a los ojos y aceptar botones en su puesto.
En definitiva, una magnífica obra, sin concesiones a la galería, bien narrada, apoyada eficazmente en una banda sonora que es un personaje más de la historia.
El cine de animación vive un gran momento, de lo que nos alegramos aquellos que nunca hemos necesitado la excusa de los niños (hijos, sobrinos, etc.) para ir a ver dibujos animados, cosa que al parecer si han necesitado muchos (especialmente críticos cinematográficos) que ahora lo están descubriendo y reivindicando.

domingo 24 de mayo de 2009

Las Hurdes, Fermín Solís y Luis Buñuel

He aprovechado este fin de semana para releer el interesante libro de historietas del cacereño Fermín Solís, Buñuel en el laberinto de las tortugas, que supone una novedosa aproximación a este territorio del noroeste de Cáceres y a la película que allí rodó Luis Buñuel.
La lectura del libro de Solís, en un momento en el que la historieta está permitiendo nuevas aproximaciones a múltiples temas, también me ha servido para recuperar algunos de mis recuerdos relacionados con Las Hurdes.
Para bien o para mal, la historia de esta bellísima comarca natural ha estado ligada durante el siglo XX a la película de Buñuel. Los hurdanos se han sentido profundamente maltratados, no sólo por la imagen que de ellos dió Buñuel, sino porque el tremendo impacto que causó el autor aragonés ha marcado, de forma muy evidente, la relación del resto del mundo con Las Hurdes durante décadas.
Mi primera aproximación a su realidad, y a la desconfianza y reticencia ante cada nuevo intento de reflejarla, tuvo lugar entre finales de 1989 y 1990. En aquella época ocupaba la dirección de RNE en Plasencia y asistí a unas jornadas en el Centro Cultural Santa María en las que se hablaba de Las Hurdes, de su historia, de la influencia que tuvo en su momento la visita del Rey Alfonso XIII o la película de Buñuel. Pasaron por aquellas jornadas personas como Mauricio Catani o Estanislao Martín.
Más tarde, ya en 1998, tuve la oportunidad de participar directamente en uno de los hechos que, quizás, más han contribuido a modificar la imagen de la comarca, no sólo entre los extremeños, sino ante el conjunto de la sociedad española, e incluso yo diría ante el mundo: el viaje de los actuales Reyes de España.
El 14 y 15 de abril de 1998 fue la ocasión para que Las Hurdes mostraran al mundo una cara totalmente distinta a la que existía en el imaginario colectivo. Más de 130 periodistas de todo el mundo, recorrieron los espectaculares rincones hurdanos, comprobando que se trataba de un lugar más, con sus virtudes y sus defectos, con sus oportunidades y sus problemas. Un territorio definitivamente alejado de los estigmas, imaginarios o no, que les habían acompañado durante buena parte de su historia. Yo tomé parte como Jefe del Gabinete de Prensa de la Junta de Extremadura, junto a un magnífico equipo de compañeros en el que, por citar algunos, debo mencionar a Andrés Mateos, Federico Galán, Marisol Pérez, María José Rebollo, José Sánchez, Carramiñana y Mayte Sánchez.
Ahora, el buen hacer de Fermín Solís, me ha permitido no sólo adentrarme de un modo distinto en esa historia, sino además profundizar en un Buñuel a la búsqueda de su propio yo.